En la previa del exigente desplazamiento al campo del Atlético de Madrid, el Espanyol llega con la intención de recuperar sensaciones competitivas y dejar atrás la fragilidad mostrada en algunos tramos recientes.
El partido se interpreta dentro del vestuario como una oportunidad para reafirmar identidad más que como una obligación clasificatoria inmediata.
Manolo González centró su discurso en la continuidad del proyecto y en la importancia de construir desde la estabilidad, destacando que mantenerse en un banquillo como el blanquiazul no es sencillo.
En ese sentido, dejó una reflexión personal que conecta con el contexto del club y su propia trayectoria: “Tiene mérito estar tres años en el Espanyol. Ojalá pueda estar muchos más años aquí, pero que sea porque la gente lo quiera.»
Más allá de lo emocional, el entrenador puso el foco en la mejora colectiva, especialmente en la concentración defensiva y la gestión de los momentos del partido.
«El plan pasa por competir con orden, reducir errores y aprovechar las situaciones favorables sin perder equilibrio, un aspecto clave ante un rival que castiga cualquier desajuste.»
La plantilla afronta la cita con la idea de volver a mostrarse fiable durante todo el encuentro y más aún con la vuelta de Calero a la convocatoria.
El cuerpo técnico considera que el equipo está cerca de recuperar su mejor versión, pero insiste en que el crecimiento debe verse reflejado en resultados para consolidar la confianza.
Así, el duelo aparece como una prueba significativa para medir la evolución del Espanyol y el peso real del trabajo realizado.
Más que un punto de inflexión definitivo, el choque servirá para comprobar si el conjunto blanquiazul es capaz de convertir el discurso de estabilidad en rendimiento competitivo.


